APUNTES AUTISTAS

My First Dan

Por Alberto en Dec.14, 2009, bajo Apuntes, Ke Pasa, artículos, escritores, trivia

Hace unos meses, aprovechando un viaje, compré mi “first Dan Brown”. Mi amigo el Flaco Contreras insistía en que tenía que leerlo alguna vez para “ser culto”. Lo hice. Este fue mi informe, para Qué Pasa de un par de meses atrás (versión entera, writer´s cut)

the_lost_symbol

Leyendo El Símbolo Perdido:
El Misterio Don Brown

por Alberto Fuguet

1.- Sucedió así, de casualidad, sin planeanarlo. De hecho, creo que no estaba al tanto. O lo estaba pero este dato –este conocimento, como diría Dan Brown- estaba muy, muy escondido en mi inconsciente. Cuando el día 15 de septiembre, transpirado por la humedad de la zona semi-urbana de Raleigh-Durham-Chapel Hill, North Carolina, ingresé al frío acondicionado de una inmensa librería Barnes and Nobel, ubicada en un mall al aire libre con estética Epcot, no sabía que ese 15 de septiembre era ese 15 de septiembre: el día que Dan Brown contraatacaba.
¿En que mundo vivo? Y eso que me siento parte del mundo literario. ¿O es que acaso Dan Brown no es del mundillo? ¿Lo soy yo acaso?
Mi misión era clara y nada tenía que ver con El símbolo perdido (como se llamará en español y que llegará sospechosamente rapido y traducido vía Planeta, que desembolsó no poco para tenerlo, entre otras partes, en la próxima Feria del Libro de Santiago, donde, qué duda cabe, arrasará o intentará hacerlo). Tenía menos de 45 minutos para dar con los libros que deseaba comprar y meter a mi bolso de mano. Andaba con una libretita con aquellos que buscaba. Dan Brown no figuraba en ella, ni cerca. De un tiempo a esta parte, quizás de snob, de arrogante, de elitista, no leo ni premios Nobel ni novelas que siempre debutan en el número uno ni autores que arman sagas o cuyos nombres siempre están escritos con el mismo font o cuya cara fotoshopeada es la base de la campaña de marketing. No tenía muchos minutos y el local parecía estación de metro post Transantiago a las 19 horas.
¿Qué hacía ahí?
Me sentí por un momento de espía. Esta era la fiesta Brown y yo ni había visto las dos películas de Tom Hanks. Estaba ahí de paso, de casualidad de regreso de la Universidad de Duke donde estaba dando una charla acerca de losers y perdidos (“misfits), una parada rápida rumbo al aeropuerto para tomar un avión a Miami donde conectaría con uno a Santiago. Mis anfitriones estaban en la tienda Apple, al frente, y me iba a recoger a la hora señalada. Me fui directo a ficción. Alguna cosas encontré (el penúltimo Russo; The Big Rewind-a memoir brought to you by pop culture) pero, la verdad, casi todo lo que realmente quería no estaba. Como siempre, amables, unos jubilados con poleras-con-cuellos verdes me ofrecieron encargarme el libro. Andaba detrás de la biografía de Richard Yates, de la autobiografía del hijo de Kurt Vonnegut, de un par de novelas negras de Jim Thompson, pero nada.
Lo que sí había era Dan Brown.
The new Dan Brown.
Hoy era el día, el día que tantos millones de lectores (menos yo) estaban esperando. Afiches, displays y miles y miles (¿o cientos y cientos?) de ladrillos color dorado, con el capitolio de los Estados Unidos como ícono en la portada, la misma tipografía y estética de esa novela/novelilla/pasquin/mostruo/blockbuster/thriller llamado El código Da Vinci. Para los que ingresaban a la librería (e ingresaban e ingresaban, como si se tratara de un funeral de estado), el descuento del 30% no era menor. Para los que tenían una tarjeta de socios de la mega-librería el ahorro era sustancial: más de 47% llegando a 16.07 dólares por la voluminoso y nada liviana novela.
¿O quizás es mejor tildarla de libro no más?
La fila es larga, me quedan pocos minutos, debo llegar al aeropuerto y pasar seguridad. Esta fila para pagar se parece un tanto a las de los terminales americanos, con la diferencia que todos tienen sus zapatos puestos y casi todos son hombres y parecen ser los inspiradores de los dibujos de Family Guy. Buena parte, ademas, son blancos y algo fofos y tienen esa cara de “nada/buena persona” que posee el propio hombre responsable de esta verdadera locura controlada que es la librería en este 15 de septiembre, el día que Dan Brown lanza al mercado anglo The Lost Symbol, la novela que intentará (pero dudo que logre) superar el ya célebre e infame, adorado y despreciado, El Código Da Vinci. Todos en la fila tienen un ejemplar, algunos dos. Yo tengo un par de Philip Roth antiguos que tapo con un ejemplar de The New Yorker.
Por algún motivo me siento mal.
Observado.
Mirado en menos.
Ajeno.
Y, de pronto, me siento ansioso, acaso triste, confundido. Por qué todos fueron invitados a la fiesta y yo no. Saco un ejemplar. Pesa más de lo que creo.
-Otro más- me dice la dependiente, sonriendo, con frenillos.
-¿Ha vendido bien? – le pregunto.
-No ha parado de vender. Creo que vamos a vender un millón hoy. No aquí pero en todo el país. Eso pronostica USA Today. Yo ya voy en la página 40. Le leí durante el break. El código Da Vinci es un clásico.
-Nunca lo he leído.
-¿De verdad?
-De verdad.

2.-
¿Ochenta millones de lectores no pueden estar equivocados?
Claro que sí. Es cosa de hojear un libro de historia. Mucha gente se ha equivocado muchas veces y lo han hecho en masa (cuando mucha gente piensa lo mismo, esos pensamientos producen cambios, que es la base de la noética o noetics, la ciencia del pensamiento, algo que, a todo esto, “aprendí”leyendo a The Lost Symbol).
En el avión rumbo a Miami empiezo a leer el libro. Pesa. Pero parte rápido y see rápido. Es, como dicen, un page-turner. No puedes parar de leer. Esto no es tan así. Puedes. A veces quieres seguir. A veces quieres saltarte algunas páginas. Yo pronto capté que me gustaban más los capítulo de dos páginas y que aquellos que tenían más de cinco páginas me parecen un exceso. Cada capítulo termina en alto, como un mal programa de televisión antes de ir a comerciales (de hecho, me llamó la atención que el libro no tuviera placements o avisos; es más, para ser tan popular sorprende una suerte de ascesitsmo casi bressioniano y, a lo más, Brown deja que sus personajes usen iPhones, Blackberries y muelan, en casa, café de Sumatra, pero eso es más o menos todo el brand-dropping o citas de marcas o cosas a-la-moda.
Al toparme con un capítulo largo (ya llevo cien páginas y estoy empezando a no creer todo esto que me hace querer que crear o quizás el tampoco se la crear pero, no sé, tampoco hay humor así que no sé) decido ir al baño y de pronto siento que estoy en el epítome del no-lugar: todos (bueno, muchos) están leyendo el mismo libro.
Siento que estoy en un libro de Dan Brown. Hay algo raro, extraño, de conspiración. Me alegro ser uno de ellos y no estar leyendo a Richard Yates.

3.- Un café en Santiago. Frío y mucho humo. Lugar de encuentro de gente de mi editorial. Desayuno matinal para ver ciertas cosas. Les cuento que estoy leyendo Dan Brown. Les pregunto si lo han leído. Me dicen que no. Ninguno de los tres libros (ninguno de los cinco, en rigor, porque Brown tiene dos más que no tienen a Langdon, quizás uno de los peores y más aburridos e insulsos héroes-de-no-acción (aunque siempre está en lugar justo en el momento justo) de protagonitas. Les pido permiso para citarlas. Me dicen que sí.
Me preguntan: ¿tu lo habías leído?
-Claro que no.
Hago más averiguaciones entre la gente que conozco que lee o que, incluso, tiende a estar al día con las novedades.
-Estás loco. La vida es muy corta.
Un amigo más intenso:
-Ni cagando.
Otro amigo, meses antes, me dijo si me parecía mal que quería leer el nuevo de Dan Brown.
Está claro que el mundo literario-cultural no considera que Brown es parte de “este mundo” y miran para el lado mientras premian y estudian aquellos libros que no son leídos y que no se entienden. Ambos son posiciones extremas. Y Brown es extremo. Y es Dios. Y quizás porque no te pide nada y algo te da a cambio. Brown es la Isabel Allende masculino y, mientras lo leía, pensé que este libro le podría gustar a, no sé, Sebastián Piñera: no hay riesgo de sentir emoción, de reconocerse en sus falencias, está la posibilida de viajar y de ir más allá de lo que te dejan ir los guías en los museos (catacumbas, pasillos secretos y mal iluminados). Son libros históricos (gran tema para el escaso público lector masculino) pero también son contemporáneos. Y, en una era en que lo porno es chic, es sorprendentemente casto (la erudición es el nuevo erotismo). Siempre me había llamado la atención eso que tildaran a ciertos autores como “escritores de aeropuertos”.
En ese avión entendí el verdadero sentido del concepto.
El avión avanza recto. El libro también.
Y cuando aterrizas sigues siendo el mismo: sólo estás más cansado y te duele un poco la espalda.

4.- Bajé y vi las dos películas ensambladas por Ron Howard, con Tom Hanks como Langdon. Me gustó más, lo acepto, Angeles y demonios. Pienso: Hanks es un genio o un pelmazo. Su no-interpretación y su no-nada es, quizás, la única manera de captar un no-personaje de manera brillante. Langdon se dedica a correr y resuelve cosas claves, importantes, trascendentales pero nada más: no es no ha resuelto nada de sí mismo porque en rigor no existe por lo tanto ¿qué puede resolver? Langdon es el hijo de todos los columnistas de auto-ayuda: alguien que se encontró y no encontró nada. Quizás por eso es un héroe. Más allá de una fobia entendible (cayó a un pozo ciego, de niño), Langdon ha superado todos sus miedos, ansias, deseos. Ahora existe no más y cumple. Sirve. Está para servir a los demás. Langdon es un solterón cuyas únicas pulsaciones son académicas y que vive en el ahora pero que está más interesado en el pasado y en el futuro. Es una suerte de Indiana Jones sin látigo y afeitado, un niño-mateo símbolo del tipo que no vive-no siente-no vive pero que sabe. Sabe mucho, sabe demasiado. Sabe todo aquello que no hay que saber.

5.- Circulo por algunas librerías de Providencia. Algunas ya venden el libro, en inglés, por un precio cercano a los cincuenta dólares. No han parado de vender. Todos esperan octubre. Un pirata en una vereda me promete que dos días después del lanzamiento oficial “lo tendré, caserito”.
Leo atrasado una columna de Alvaro Matus en La Tercera que me ilumina. Básicamente resume porque los bestsellers (ya todos sabemos lo que es uno y nada tiene que ver con algo que vende bien) son tratados y criticados de otra manera. De hecho, The Lost Symbol no ha sido destrozado como quizas debería serlo. Pero claro: qué se puede destrozar cuando el villano principal es un musculoso eunuco depilado y tatuado de pies a cabezas que le gusta enviar manos decapitadas como regalo. En una cinta de porno-terror esto quizás podría funcionar. El cine de género bueno tiene puesta en escena, atmósfera, montaje; es más, hay gran cine de terror entre otras cosas porque el cine exige, antes que todo, movimiento, narrar con imágenes, ser capaz de observar lo que sea. Brown tiene ideas (Dios, demasiadas) y muchas son sacadas de wikipedia y su paseo por Washington DC (por qué siempre todo ocurre una una noche) tiene algo de un ser que se obsesionó con google maps. Al no tener prosa, al no tener mundo interior, el libro es como un mal guión de una mediocre película que, quizás, arriba de un avión puede funcionar. Porque The Lost Symbol no es asesinable, sólo dan ganas a veces de asesinar a Dan Brown por salirse con la suya.
El libro cansa, fatiga y tiene momentos intolerables por lo que Brown debería ir a juicio (una escena, no tan mal, en que sucede algo tremendo y que hizo que me levantara del sofá se resolvió, páginas más tarde, en una resolución tipo Scooby-Doo que me pareció una falta de respeto y que, por cierto, sonó a una decisión comercial porque matar a alguien clave es una decisión poco afortunada si si desea seguir estrujando la fórmula). Buena parte de la crítica norteamericana siguió el juego y celebró, como siempre lo hacen, más el fenómeno que el hecho. Algunos señalaron que no todo calza, que por momentos hablan como “entradas de wikipedia”, pero que a la larga cumple. Cuenta una historia y sorprende (sí, diria que sí, pero eso también lo hacen las teleseries). El libro no merece análisis (códigos, secuestros, ciencia ficción, masones, pirámides, tanques de agua con aire oxigenado, un final kistch con salida de sol) pero el hecho que tanta gente sí engancha sí lo merece.
Y aquí estoy escribiendo esto. Leí todo. Una novela y dos películas de más de dos horas cada una. De la novela (libro) no subrayé nada excepto rayar signos de exclamación (¡basta!). Se lee relativamente rápido (son 509 páginas) y a pesar que se aprende algo (algo que debe a su vez verificarse en la web, lo que hace que el libro sea algo asi como interactivamente-geek) lo terminé con una sensación de estafa. No de enojo. Brown no intenta hacer arte y, más allá que quizás tenga un fetichismo por la carne, la sangre y los cuchillos (mutilaciones, automutilaciones, cuerpos intervenidos y azotados), no creo que quiera hacernos creer del todo que esto es verdad. Agota su obsesión por el misticisimo y cierta moral new-age (religión para dummies) y esa cosa adolescente de clubes cerrados y creer que detrás de todo hay una conspiración. Su grave error en The Lost Symbol es creer que Washington D.C. es una ciudad mística cuando no es más que un nido de ratas donde nadie cree ni en sí mismo.
Quizás por todo eso todas sus novelas ocurren en una noche (¿en una de desvelo?). Quizás ahí está el secreto que Dan Brown nos envía: no me crean, sólo disfruten y luego viajen, vayan a Roma, a París, a Washington. Investiguen: sean ustedes su propio Robert Langdon. ¿De verdad creen que soy tan mal escritor? ¿Creen que soy tonto? No, sé lo que hago: lo que hago son thrillers para que ustedes los terminen. En ese sentido soy –casi- un artista. Chanta pero artista. Si el verdadero arte es aquel que el receptor completa, Brown capaz que sea uno. Y después de leer alguna literatura regional de moda hay que reconocerle su lado zen: casi nunca se equivoca al tratar de adjetivar de más o de interarse en la mente de sus protagonistas de cartón.
¿Para qué pintar y decorar una casa si vamos a estar tan poco en ella?
Lo que quiere es que la historia avance y que mientras se avance, se doble a la izquierda sin aviso.
No tengo claro lo que es literatura. Quizas se fequiere más que un artículo, pero una cosa sí tengo claro: The Lost Symbol no lo es. Lo que no implica que sea basura. Quizás sea gran basura. O un gran producto. Pero por algo será. Algo capta. Algo que, confieso, es misterioso, tan misterioso como que Dan Brown sea el hombre que mejor ha captado, a nivel popular, nuestro inconsciente colectivo. Ochenta y dos y quizás ochente y tres millones de lectores quizás tengan la razón. Una cosa es cierta y no hay que ser Robert Langdon para resolverlo: aún hay muchos misterios en el mundo pero éstos no pasan por si los masones poderosos toman sangre sino el por qué Dan Brown fue capaz de ver y darle al resto lo que estaban esperando.


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