APUNTES AUTISTAS

¿El fin de los blogs? El fin, al menos, de éste…

por Alberto en Nov.12, 2011, bajo Apuntes, Digital, artículos, cinepata.com, trivia

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Hace unos meses escribí esto para Qué Pasa. Al final  nunca se publicó x tema de espacio., lo posteó aca para cerrar este blog. Quizás es cierto que ahora los bloggers son twitters o es más fácil usar otras maneras para comunicarse o conectarse. Creo que fue bueno mientras duró. Ahora que pasó la excitación de la revolución y comienza quizás una nueva, son las páginas/portales las que se están quedando y los bloggers se están pasando a twitter. Creo. No soy un experto. Tuve mis blogs. Ahora deseo leerlos. Y comunicarme via mis libros, artículos, en la radio hasta enero, filmando películas. La poca energía digital que me queda se traslada a www.cinepata.com : ahí está mi futuro, ahí está el futuro de lo que quiero hacer.

Eso—

Cierro el blog aunque quizás siga en el cyberespacio por un tiempo.

AF

1-nov-2011

Requiem por los blogs

Mientras todos hablan de Google+ o de la tremenda importancia que tiene Tumblr, mientras un amigo me dice que lo único que le interesa es transmitir mensajes y emociones a través de las fotos que toma en su iPhone y que comparte via www.instragram sus fotos procesadas (“la peor foto te queda cool y para qué escribir si puedo transmitir lo que siento en imágenes”), pienso en qué pasó con los blogs.

¿A dónde se fueron?

¿Qué pasó?

Toda esa energía, esas palabras, esa poesía digital, esas confesiones de tres-de-la-mañana, a donde se fue.

Por qué la palabra bloggero suena tan pasada de moda como un lambada.

Increíble: uno de los grandes inventos del siglo 21 duro media década.

Yo una vez sostuve, y lo puse por escrito, que el escritor suicida colombiano Andrés Caicedo era el primer blogger pues, a mediados de los 70s, escribía sus pensamientos y sensaciones emos y los enviaba a desconocidos por toda América para sentirse menos solo y compartirlos.

Hoy la gente twitea cosas como “Sólo otra vez”

“Q buen delivery de sushi hay en Nuñoa!”

“Grande, Alexis”,

“Buen asado con Natalia: ahora siesta”

y  el clásico “Odio los fomingos”.

No quiero atacar twitter.

No voy a atacar twitter.

Entre otras cosas porque, al parecer, ganó.

Y es cierto que sirve para publicitar desde un evento a que te quebraste una muela a que odiaste tal película o que estás gozando viendo a los Denver.

Leo a Axel Christensen y algo me queda más claro:

Para cada red, un contenido. Si Twitter es para hacerse escuchar y Facebook para comunicarse…Luego resume lo que quería yo resumir pero, por ser 1.5, no he sido capaz:

Al contrario de Twitter, donde lo que importa es hacerse escuchar, y de Facebook, para mantener amistades y relaciones, en Google+ el contenido que reina es sin duda el visual.

OK, welcome a la era de la imagen.

Si es que ya no lo sabíamos.

Yo, al menos, debería estar contento.

A mi me gusta filmar pero –de nuevo- esto de ser “tan siglo 20” te pesa.

Me gustan las palabras, las frases, los pensamientos.

Twitter es como un  e-mail corto público; las aplicaciones visuales son eso: enviar la foto de un cine viejo en provincia y captar que aquel que tomó esa foto está o deprimido o le gustan las ruinas o…  lo visual se presta aún más para la (mala) interpretación, pero bueno, no voy a combatir el futuro (perdón, el presente) y yo ahora quiero tener una cuenta instragr.am, pero volvamos a los blogs.

¿En qué momento se jodieron los bloggeros?

¿Quedan?

¿No son acaso ahora reporteros o columnistas-estrellas digitales?

En qué momento murió el blog tal y cual lo conocemos.

Me dicen que cuando nació twitter.

Buena teoría.

Quedan blogs, es cierto, pero pocos en actividad y casi ninguno está generando contenido mundial o nacional.

La cosa, me explican, es más o menos así:

Aquellos que querían expresarse, o provocar debates, o simplemente constatar que seguían escuchando a The Smiths en un día nublado, se pasaron a twitter.

Otros, se suicidaron.

Los más pro transformaron su blog es un página o, mejor, en un portal. Blog mediáticos de un reportero o columnista sagaz fueron cooptados por verdaderos medios de comunicación digitales. Un blog para chicas se transforma en un imperio llamada Zancada o un blog para geeks empieza a agarrar fuerza como FayerWayer. Los blogs de música y cine mutaron en sitios o revistas electrónicas.

El chico brillante de región fue contrato por medios consolidados o, más bien, por nuevos medios y tiene la suerte que no necesita inmigrar a la gran ciudad.

Me cuesta encontrar un blog anónimo, realizado en solitario, sin apoyo de otros o auspicios, que tenga importancia. En Estados Unidos, los grandes bloggers se asociaron a mega-blogs que en el fondo son revistas y, por cierto, usan twitter como el arma para que ingresen a leerlos.

Otros se asqueron de blogspot y optaron por su propia página de nombre excéntrico o indisputablemte personal (www.juanperez.com) pero de a poco se aburrieron que igual era lento (“odio wordpress”) o que tenían que pagar por estar en un servidor.

Esto que postear fuera lento es, al parecer, un tema.

Temazo.

El tema: la caída del blog se debe a que, en promedio, la operación de subir un post de manera atractiva y mulitimediática podía durar unos diez a doce minutos.

Todos quieren que sea fácil, rápido, ahora.

De ahí el triunfo del twitter.

Carrie Fisher, la Princesa Leia, se adelantó veinte años cuando, intoxicada por cocaína y ansiedad, escribió que para ella la gratificación instantánea se demoraba demasiado.

Mal.

O bien: es cosa de ver un partido via twitter o cualquier evento para captar que, en efecto, París ya no es una fiesta, es la pantalla de tu lo-que-sea inteligente.

Me cuentan que el blog no nació para expresar tristezas o apoyar tus películas favoritas o libros sino que fue un invento que consistía en postear hacia abajo.

Escribir hacia abajo.

Las primeras páginas digitales fueron diseñadas para que la gente los leyera de  izquierda a derecha tal como ha ocurrido hace siglos.

Creo que le debo algo a los blogs.

Me gusta escribir hacia abajo.

Pero hoy me puse a mirar los blogs que tenía marcado entre mis favoritos y capto que algo pasó entre el 2007 y el 2009.

Es raro mirar blogs abandonados: ruinas digitales.

Uno duda si el bloggero murió porque por lo general no hay despedida. Sólo un post intrascendente y luego nada.

El blog, digan lo que digan, era multimediático (ahí quizás su falencia: mucho link, mucha foto, mucho video embedded) pero también era una bitácora, era trozos y apuntes y notas y post literarios.

Se habló que iban a salir algunos de los grandes escritores del siglo 21.

Quizás ahí se están formando.

O quizás se perdieron twiteando.

Pero una cosa es cierta: al desparecer el blog (quedan tan pocos, y los pocos que quedan, son una anomalía y casi molestan por la energía desplegada por el tozudo que aún cree en la palabra escrita: ojo con Moleskine, el blog literario de Thays, que en rigor es más una agencia de noticias literarias), uno intuye que empieza a desaparecer un lector que era capaz de digerir más de 140 caractéres.

Quizás no.

Quizás ando haciendo el duelo.

Los libros y novelas y cuentos y poemas y revistas seguirán, pero los blogs no.

Alguien me comenta que los blogs murieron por falta de rigurosidad, por no tener un editor, por no diferenciar el pudor con el exhibicionismo.

No sé.

Sí sé esto: tengo un blog y me da pereza actualizarlo y, más aún, escribir directamente para él.

Uno al final pertenece a este mundo, lo quiera o no.

Uno también siente que – a veces- quince minutos es demasiado tiempo.

Fin.

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invitacion feria del libro– imprimir e ir hoy 12 de nov

por Alberto en Nov.12, 2011, bajo Apuntes

Invitación Mala Onda- Alberto Fuguet

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el backstage de Mala Onda: 20 años later

por Alberto en Nov.12, 2011, bajo Apuntes

De “bazofia” a clásico de los 90: la historia privada de Mala Onda

20 años y 300.000 mil ejemplares después…. articulo de Careaga en La 3 en el dia del cumpleaños de Matias.

De Bazofia a clásico de los 90:

LA HISTORIA PRIVADA DE MALA ONDA


por Roberto Careaga C.

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“Acabo de leer tu novela y me parece impresionante”, escuchó al teléfono Alberto Fuguet. Un argentino desconocido hablaba al otro lado. Se presentó como Ricardo Sabanes, editor del sello Planeta. Tenía que ser un error: a mediados de 1989, Fuguet no tenía ningún libro terminado. Y lo más parecido a una novela que había escrito, era un primer capítulo que sus compañeros del taller de Antonio Skármeta habían odiado. No era un error. Sabanes había tenido acceso a las primeras páginas de lo que se convertiría en Mala onda y se obsesionó con la historia de Matías Vicuña. Pocos días después, citó a Fuguet en el Tavelli y, a falta de algo mejor, extendió una servilleta y le pidió una firma: “Esa novela no puede ser de nadie más, la contrato”.

Tres años después Mala onda llegaría a librerías para remecer los acartonados códigos de la narrativa chilena de la época. Urgente, callejera y adolescente, el retrato del Santiago de clase alta a través del confuso Matías Vicuña enfureció a la crítica literaria oficial y estalló como un best seller. Amenazó con marcar para siempre a Fuguet como un autor juvenil y le valió un desprecio de años de parte del establishment literario. Veinte años después, cuando Alfaguara lanza una edición conmemorativa, es un clásico de la literatura chilena. Antes casi “acabó” con su autor.

Matías soy yo

“Una novela de aprendizaje sobre una familia en crisis en los 80. Una novela de época”, dijo Fuguet presentando su proyecto al taller de José Donoso. Encantado, el autor de Coronación creyó que era sobre 1880. Era 1980: Matías, ese escolar hastiado de su vida, Chile y todo, explota en los días previos al plebiscito por la Constitución. El contexto político se pierde entre carretes en El Bosque, carreras de auto en la Kennedy, escapadas a Reñaca, sexo, alcohol, marihuana y cocaína.

Quizás fue esa mezcla la que molestó a sus compañeros en el taller de Skármeta, en el que Fuguet participaba paralelamente al de Donoso en 1989. Les dio el primer capítulo de lo que por entonces se llamaba El coyote se comió al correcaminos y recibió una bofetada de vuelta. “La odiaron. Les pareció repelente, asquerosa y fascista”, recuerda. Entre los líderes del ataque estaba Rafael Gumucio: “Después cambié de opinión, pero en ese momento creo que nos choqueó ver un Chile que no queríamos ver”, dice.

Antes que la masacre siguiera, Skarmeta respaldó a Fuguet. Lo apoyó literaria y personalmente. Días después, Skarmeta le recomendó a Sabanes el texto de Fuguet. El editor, un hombre elegante y cosmopolita, estaba dando forma a la Nueva Narrativa Chilena y quería sangre nueva. No dejó escapar a Fuguet.

Cuatro meses después, Sabanes dejó Chile y se hizo cargo de Planeta en Argentina. Fuguet se quedó solo. Sin avances con Vicuña, ganó tiempo publicando sus cuentos: en 1990 debutó con Sobredosis. La crítica no aprobó el libro, tampoco sus colegas, pero vendió bien. A inicios de 1991, Planeta lo llamó de nuevo: había dos mil dólares para él si estaba dispuesto a pisar el acelerador con Mala onda.

Fuguet renunció a todo y se puso a escribir. Agarró computador Apple y se fue a Pichidangui, a Farellones, se encerró en su casa en Providencia. Pero la historia no avanzaba. Entonces se puso en la piel de Vicuña. No sólo se hospedó en el Hotel City, como el personaje, también recurrió a la cocaína: “Los últimos capítulos era línea de coca, café, Coca-Cola. Me rapé como lo hace Matías. Porque no me salía. Por un año no avancé nada. Podía perfectamente no escribir nunca más”, dice.

A inicios de septiembre de 1991, Fuguet entregó el manuscrito de Mala onda y se fue con su familia a Bariloche a pasar el 18. El libro lo persiguió todo el viaje: de vuelta a Santiago, corrió a Planeta a poner con un lápiz la última frase: “Por ahora”. A esas alturas estaba harto: “Yo sólo quería que el libro se acabara antes de que me acabara a mí. Ya me daba lo mismo, pero intuía que era verdadero”.

Una bazofia

“¿Qué público querés tener? ¿La gente que va al Tavelli?”, le preguntó Juan Forn, en su rol de editor de Planeta, a Fuguet. Estaban en Buenos Aires y las cosas iban mal: Forn había llenado de tachaduras rojas el manuscrito y tenía una propuesta que enfureció a Fuguet: Vicuña iba a hablar usando el “boludo”, “che”, “vos”, y toda la jerga argentina. Fue una batalla dura, pero Matías conservó su acento. En Chile el autor debió enfrentar a otro editor:

Tras una década en España, Jaime Collyer regresaba a Chile y asumía la edición de Planeta. Mala onda fue el primer libro del que se hizo cargo: “Le metí mano a destajo, me parecía impublicable. La segunda mitad era mejor”, recuerda el autor de El infiltrado, que hoy sigue con la misma opinión: “La encuentro desechable”.

Pese a las tensas reuniones de Fuguet y Collyer, el libro se fue a imprenta sin cambios radicales y en diciembre de 1991 estaba en librerías. En verano del 1992 Mala onda se metió entre los libros más vendidos y llegó a las manos de Ignacio Valente, por entonces la voz principal de la crítica literaria chilena. “Grandes serán las tragaderas que necesita un crítico literario, pero no llegan a tanto como para terminar esta bazofia”, anotó Valente en su ya legendaria crítica a la novela.

A los pocos meses, en la tercera o cuarta edición, la novela llegó a librerías con una franja que reproducía una de las peores frases de Valente. El efecto fue inmediato: el libro volvió a agotarse. En 1992, Mala onda vendió cerca de 30 mil copias. Fuguet acapararía las sospechas y odios de la intelectualidad local, pero su estilo pop y juvenil creó escuela. 20 años después, el insoportable Matías Vicuña se acomoda entre los personajes más inolvidables de la literatura chilena reciente.

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Mala onda–¿20 años son o no son nada?

por Alberto en Nov.11, 2011, bajo Apuntes, escritores, mis libros, notas de prensa/críticas

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A 20 años de Mala onda

Matías Rivas

La Tercera

Leí hace veinte años Mala onda de Alberto Fuguet. Lo devoré y sentí que reconocía los lugares, el tono de la vida, las atmósferas a las cuales se refería el autor y también su incómoda posición como sujeto: su fragilidad. En ese tiempo estudiaba segundo año de literatura y era poco mayor que Matías Vicuña, el protagonista del libro. Recuerdo con exactitud el escándalo y el éxito que provocó Mala onda cuando apareció en escena. Hasta ese momento la narrativa chilena oscilaba entre el experimentalismo, los epígonos del boom y la denuncia política. Fuguet traía con este libro nuevos aires, más frescos y descarados. Inauguraba un estilo de escritura rápido, de frases cortas, vinculado al cine y al pop, con groserías y palabras en inglés, seco y expresionista. Es decir, usaba el lenguaje en que hablaban en los ochenta los cuicos. No temía en describir ese período oscuro de la historia, como una época rara, en la que pasaban atrocidades y se organizaban fiestas descomunales, en donde corría la cocaína como los autos por la Kennedy. Para muchos –hay que señalarlo– este libro era irritante. Lo condenaron los intelectuales más espesos de frívolo, otros de falta de conciencia política, de criollista y, como si fuera poco, de plagiar los temas y la prosa norteamericana de J. D. Salinger, Bret Easton Ellis, Jay McInerney y R. Carver. Es decir, había un frente que detestaba Mala onda con tirria, que no le era indiferente que un joven de reventara los esquemas hasta ese momento aceptados como legítimos en la cultura.

Sin embargo, estos críticos fueron una minoría, puesto que muchos, muchísimos, leyeron el libro con inmenso placer, con alivio ante la opresión de una literatura que no dejaba pasar nada que refiriera a una realidad distinta a la prefigurada, o sea, nada que no estuviera sancionado de antemano por las mafias literarias. Quizás por eso esta novela dio paso a una cantidad de seguidores de Fuguet que dejaron atrás sus complejos y que se lanzaron, con mayor o menor suerte, a escribir desde sus experiencias y en un lenguaje que reconocían como propio, sin imposturas ni miedos a la policía cultural.

Pero eso no fue todo. Además de lectores este libro generó el hundimiento definitivo del entonces crítico más influyente por décadas en Chile, Ignacio Valente, quien dijo que no había podido terminar Mala onda, lo que no le impidió desde la trinchera moral hacer una reseña con ira fervorosa. Entre otras frases, espetó: “Prefiero los antros de la delincuencia común, del terrorismo político, del lumpen de las ideologías más arrastradas, de las subculturas más bobas, porque incluso en ellas –como lo demuestra una abundante narrativa- pueden encontrarse más atisbos de sentido humano, de interés psicológico y psicopatológico, de significado ético y, en buenas cuentas, de humanidad; en todos ellos, más que en este submundo de imbéciles viciosillos ni siquiera bastante degradados, que transitan en la novela por el vacío, la droga blanda y la dura, la borrachera, el orgasmo, las señales de status, la oquedad sofisticada, la penuria de alma, la bajeza intrascendente, los sentimientos de pacotilla, la depresión insubstancial, el tedium vitae y en definitiva –porque es la única palabra adecuada–, la inanidad de estos peleles que protagonizan la peor onda de la novela chilena actual”.

¿Qué se puede decir hoy luego de dos décadas de la publicación de Mala onda? En lo esencial, habría que reconocer que Fuguet logró escribir prematuramente un clásico: varias generaciones han vuelto a leer este libro con fervor, tal vez para contactarse con Matías Vicuña, un personaje entrañable, un débil que se expone y seduce, que siente miedo porque es sensible, lúcido y frágil, y que ve como se derrumba su familia.

He vuelto a leer Mala onda para confirmar mis evocaciones. Y reconozco que disfruté cada una de sus páginas. El oído privilegiado de Fuguet y su capacidad para dibujar un entorno apelando a detalles, le dan a este libro una vitalidad que no se extingue. Asimismo, es fácil constatar que Fuguet escribió una novela con fuertes implicancias políticas, sin las cuales es imposible reconstruir lo que pasó en plena dictadura. Pero sobre todo me he reencontrado con un libro que entretiene y desmenuza nuestra idiosincrasia con el bisturí de la inteligencia y sin aspavientos. En pocas palabras: un libro excepcional.

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Tipos solos— los cuentos de Roncone

por Alberto en Nov.11, 2011, bajo Apuntes

De Qué Pasa…

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Tipos solos

A Fuguet

Se ha vuelto un cliché ennervante tildar a un escritor joven y debutante, en este caso Juan Pablo Roncone de 28 años, como de promesa. En el caso de este extraordinario y entrañable libro, Roncone demuestra que tiene un mundo y que ese mundo es tan intrínsicamente tuyo que es capaz de conectar con el de muchos. La promesa ya se cumplió. Incluso puede retirarse. Sería una pena pero no es sería el fin del mundo porque ya llegó bien lejos. Escriba o no escriba más, este libro, tal como sus personajes, no es parte de una carrera sino es lo que es: un objeto delicado, triste, solo pero no por eso menos poderoso o grande. No hace falta tiempo para que mejore o se potencia; sólo le hace falta encontrar los lectores correctos.

Es probable que suceda porque, para ser un libro indie, alternativo, marginal, que en apariencia parece ser extremadamente literario e intelectual, con lo que uno se encuentra adentro es la voz de alguien que tiene una voz pero sólo puede expresarlo por escrito. Roncone (que da la impresión que ha leído mucho a los que quiere y ha leído poco a los que no les interesa), Hermano ciervo es un libro extremadamente contemporáneo que capta el zeitgeist de su generación y que no necesita de lectores con doctorados sino más bien tipos que han tropezado para que se produzca la conexión.

Quizás fue un desliz y es hasta un despropósito mencionar la maldita palabra: generación. Pero tal como los grandes libros con que se emparenta y de donde bebe (un epígrafe pudo ser el célebre final del Jesus´s Son de Denis Johnson (1), Hermano ciervo es una colección de ocho cuentos que, quizás ordenados de otra manera, o con o tres alteraciones, se vuelve una novela feroz. Quizás demasiado feroz, triste, fisurada. A lo mejor por eso Roncone optó por fragementizar y escindir a sus frágiles personajes que, vivan en piezas en Antofagasta o viajen al sur o trabajen en un Blockbuster o son parte de bandas que no tienen fans, están todos cortados con tijeras muy de estos días: son tipos solos pero no aburridos; están fracturados pero no escindidos; son pop pero no cool; están vivos y conectados con el mundo pero, al mismo tiempo, están de alguna manera muertos (y vaya que hay muertos o relaciones que van a morir) y desconectados. Roncone es generacional no por la ropa que usan sus personajes sino por las heridas y miedos y desolación que esas prendas intentan esconder.

La prosa de Roncone quizás es lacónica o, quizás, es de alguna manera cinematográfica, pero de una cinta sin presupuesto (¿Old Joy?). ¿O quizás la palabra indicada es pausada? Roncone no usa adjetivos y cuesta adjetivar sus escenas de mucha calma pero que –se capta- tienen mucha espesura, rabia y desesperanza detrás. El cine, en efecto, permea este libro sin necesidad de citar. Y, como en el mejor cine, aquí lo que importa no es tanto la anécdota sino jugársela por sus personajes, por el tono y por algo que podría llamar distimia. Qué manera de querer y comprender a estos personajes. Roncone debería ser lectura obligatoria en las Escuelas de Cine. Importa tanto cuando hablan como cuando callan. Y, tal como en un guión, cada personaje tiene la capacidad para presentarse de una tan escueta como ferozmente sincera:

“Todos los meses mi tía abuela me envía dinero para pagar una pieza y el transporte. Casi no tengo amigos. Tampoco tengo novia. El mes pasado salí campeón nacional de ajedrez”.

Para alguien de otra generación, estos hombres (porque sus personajes son hombres y, por lo tanto, son en tipos incompletos, trabados, a la deriva) causarían espanto; leyéndolo hoy, ahora, al mismo tiempo que fueron escritos, es como andar en metro y captar como todos esos tipos están ferozamente huyendo de sí mismos y del resto aunque luego se dicen que desean conectar. Se podría hablar de desamparo; creo que Roncone nos quiere decir otra cosa: esa soledad es la manera que tienen de ampararse, de levantarse. Aún así, cuando se producen conexiones, de esas que te destrozan porque van a durar muy poco, Roncone entiende claramente que el fin de la literatura es emocionar.  Y lo logra. Sin que uno se de cuenta, cuando ya es demasiado tarde, cuando uno ya está desconsolado.

(1) All these wierdos, and me getting a little better every day right in the midst of them. I had never known, never even imagined for a heartbeat, that there might be a place form people like us.

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el ritmo de la MUSICA CAMPESINA—por fin en cines locales

por Alberto en Oct.31, 2011, bajo Apuntes

y ganadora del Pudú a la mejor película del festival del Valdivia, FICV….  aquí una de las tantas críticas positivas q hemos tenido….

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Un chileno en Nashville

Por Antonio Martínez

WIKEN, El Mercurio

Alejandro Tazo (Pablo Cerda) acaba de llegar a Nashville y se aloja en un hotel frío, sencillo, más bien pobre, y desde la ventana no ve más que carreteras, siempre con autos.

Desde lejos, y por teléfono, se puede mentir sin asco ni problemas, y Tazo, un hombre que ronda los 30 años, llama a Chile y dice que lo está pasando bien, porque el hotel es rico y la vista preciosa.

Alberto Fuguet, director y guionista, escoge con justeza los diálogos, pero sobre todo atrapa y recoge imágenes: los encuadres, la luz y la búsqueda de un estado de ánimo taciturno y melancólico, un pasadizo entre el día y la noche, y un peldaño entre Estados Unidos y Chile.

En “Música campesina”, su tercera película, sabe escoger como nunca la materia de la que está hecho el cine.

La historia es muy sólida visualmente, porque las imágenes son un mapa de las carencias de ese turista que está por transformarse en emigrante. Y si hay tanta soledad y angustia, es porque el director filma lo que existe en la sociedad y lo que a él le falta.

Por ejemplo, sobre esas carreteras y en cada auto van los que viven en el país y tienen destino, trabajo, cosas que hacer y cuestiones en las que pensar.

En la TV escucha noticias que no entiende ni le importan.

Desconoce los nombres de los platos de comida, y es cierto que compra cosas y sobrevive, pero no es un consumidor, tampoco un cliente y no digamos un ciudadano.

Y por eso está siempre solo: en los bares nocturnos, en los cafés diurnos, caminando por las veredas.

El protagonista, de a poco, se irá dando cuenta de que el nombre del país no basta, porque eso no lo conoce nadie, y lo recomendable es decir “Chile, Sudamérica”.

Viene de un lugar desconocido que está fuera de las grandes rutas, y su apariencia, nacionalidad y currículo personal, a la hora de conseguir trabajo, no significa nada. 

Llamarse Alejandro Tazo, ser alto, saber nadar y ser chileno es equivalente a un don nadie, y por eso friega baños y limpia piscinas; hace de gásfiter y traslada maceteros, y hasta podría prostituirse, eventualmente.

Es un espalda mojada chileno, una categoría del emigrante, quizás rara y no tan numerosa, porque el país es pequeño. Pero acá no hay policías ni huidas fronterizas, y tampoco es un trabajador pobre e ignorante.

Tazo tiene la mala suerte de tener una vaga conciencia de sí mismo, y eso implica vergüenza, desazón y quizás tristeza.

Para el que se muda de un país a otro, todo es de a poco y a rasguños: el consumo, el olvido, la cultura popular, las conversaciones, las personas y hasta el folclor.

Hasta que una cerveza es una cerveza, aparece el don de la confianza, un amigo es un amigo, e incluso las canciones típicas, en un emocionante y gran final, adquieren sentido.

En ese momento, el compatriota Alejandro Tazo puede empezar a perderse en el país ajeno.

2010. Chile. Director: Alberto Fuguet. Con: Pablo Cerda, James Cathcart. 103 minutos. T.E.+7.

Por Antonio Martínez.

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MALA ONDA– 20 años

por Alberto en Oct.31, 2011, bajo Apuntes

Asi es: 20 años— habrá algo de prensa, pero no mucha (leer: http://www.pointzine.com/2011/10/alberto-fuguet-el-bilingue-en-su.html) pero se trata de una conmemoración, de una edición especial de tapa dura (las otras siguen su curso y seguirán apareciendo) que coincide con los 20 años (Matías tiene 17!) y los 300.000 ejemplares vendidos por esta parte del planeta. Optamos por celebrar el cumpleaños el día 12 de nov.  No está claro precisamente cuando apareció Mala onda pero fue a fines de noviembre de 1991 y en Buenos Aires; a los pocos días llegó a mi casa y a las librerías chilenas.

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Missing: autoficción/no-ficción

por Alberto en Oct.31, 2011, bajo Apuntes

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Antes de ir cerrando el blog para siempre, antes de clausurar el local, un par de posteos para llegar al día de los muertos en buenas condiciones y anunciando un par de cosas o posteando algunas cosas que no quiero dejar en el tintero antes que esto se termine o, al menos, antes que yo lo cierre (no pagaré más el arriendo x lo que deduzco que igual estará “arriba” un resto)

Eso

De Letras Libres de MX una super buena crítica de Missing que, de paso, me hace comprender definitivamente lo que es auto-ficción (acá le decimos no-ficción o, como tildé al libro, una novela de no ficción)

La vida ajena

Por Geney Beltrán Félix

Letras Libres México

Octubre 2011

Alberto Fuguet

Missing (una investigación)

México, Alfaguara, 2011, 386 pp.

Un escritor chileno de nombre Alberto Fuguet decide buscar a su tío Carlos, emigrante y exconvicto que dejó de tener contacto, desde un lejano día de los años ochenta, con su familia establecida en California. Missing es, así, la historia de la búsqueda no de un desaparecido por la dictadura de Pinochet, como el título y la nacionalidad de su autor podrían hacer creer, sino de un hombre libre que decidió perderse en la multitudinaria geografía de Estados Unidos.

Sergio Gómez y Alberto Fuguet publicaron hace quince años la antología McOndo, en la que planteaban el disgusto generacional ante el predominio del realismo mágico, aunque otro aspecto discernible era extraliterario: el hartazgo por la circunstancia de que el mercado editorial se rehusaba a las novelas de temas urbanos o globalizados. El cambio de la escenografía (donde decía campesino, escribir adolescente con walkman, o en vez de parcela poner aeropuerto) no habría tenido resonancia si no viniese de la mano, en la escritura, de una exigencia, de entrada no inferior a la de las figuras del boom, a la hora de trabajar con los elementos trascendentes de la ficción: la estructura, el estilo. La pregunta hoy no sería por los rasgos cosmopolitas o las referencias a la cultura pop estadounidense, sino por el hecho de si en sus narraciones Fuguet ha creado –o no– objetos verbales poderosos.

Toda novela escrita con arrojo literario busca ser etimológicamente nueva; no se puede conformar con ser solo buena o verosímil o entretenida o congruente. Su fuerza se halla en una redefinición de cómo el género puede provocar la percepción de otra realidad, suplantando así la de todos los días. Missing es fiel a las recurrencias temáticas de Fuguet, y al mismo tiempo es fiel a la ambición del género por transgredir sus inercias para expandirse en estructuras que diseñen –solo así– realidades nuevas.

Con todo y el sustrato verídico de saga familiar, Missing exige ser leída no como la“investigación” que el subtítulo advierte, sino como una novela fundada en la premisa ficcional de la no ficción, al tiempo que desarrolla trama y personajes. Paralelamente, en tanto texto autobiográfico, Missing es un ejemplo de cómo la autoficción no se contenta con seguir siendo esa hija orgullosamente pobre de las memorias y el ensayismo. Fuguet no se deja resbalar a la reflexión en torno a los pliegues del propio ombligo que parece condenar a mucha autoficción a un posmoderno equivalente del nouveau roman y, con el apoyo de la imaginación –nombre literario de la empatía–, incorpora en su relato el conocimiento de la psique no de un personaje, sino de otra “persona”. Más aún, aspira a cambiarle la vida a esa persona en la misma realidad:

Lo que quise hacer cuando empecé con todo esto era algo intrínsecamente literario pero que superaba con creces el acto de escribir un libro. Quería comprobar que un escritor –que yo– era capaz de algo más que decidir las vidas de sus personajes, sino también modificar vidas, alterarlas, cambiar destinos reales.

La aspiración vanguardista de superar el arte con el material de la vida lleva al autor de Tinta roja a otorgarle al narrador su propia familia, pasaporte y currículum, y también a reunir en las páginas de Missingpastiches de distinto signo: crónica, entrevista, saga familiar, gajos sueltos de un Bildungsro- man, monólogo narrado en versos libres, correos electrónicos, reflexión metaliteraria –hasta la exégesis de la obra anterior de Fuguet nos encontramos. La “biografía” –no importa si ficticia o real– del tío Carlos concierne al tema del latino radicado en Estados Unidos; la larga sección “The echoes of his mind” tiene la eficacia de crear una voz deshilvanada y flexible, que mimetiza un monólogo divagador en su cariz versicular para construir la historia de un personaje con fisuras, dudas y caídas, que llega incluso a una emblemática anagnórisis realista. Cómo podría ser de otra manera: “Pero no es cuento, no es una novela. Es real. Me pasó”, le dice Carlos a su sobrino, quien respeta la literalidad, supuestamente anticlimática, de esa vida ajena. Los episodios conflictivos (estancias en la cárcel, rupturas amorosas, pleitos con el padre, el rencor ante la pasividad materna) se narran en un medio tono reconciliado, pues se hallan asumidos por la reflexión del ejercicio memorioso. He aquí entonces el resultado: el múltiple carácter textual colabora con el verismo biográfico para crear un personaje de fuste decimonónico –adjetivo que, referido a temas de la novela, nunca uso sino como un elogio.

La travesía de Carlos por hoteles y camas y carreteras a lo largo de una geografía solitaria casi inabarcable lo convertiría en el paradigma de una situación dramática propia de la emigración: Carlos, ente de ficción marcado por la incertidumbre y la inaprehensibilidad que se presenta en su origen como persona de carne y hueso, cifraría una posibilidad más que una verosimilitud: la del hispano literalmente perdido en Estados Unidos.

Como se advertía ya desde su primera novela, Mala onda, Fuguet revela en su narrativa un oído muy dotado que le permite crear con la viveza del habla coloquial un mundo verbal no exento de contundencia fabuladora. Acá sucede algo similar con el español cruzado por anglicismos de las comunidades latinas en Estados Unidos: el spanglish fuguetiano, esa propuesta mestiza que se nutre de dos lenguas y también del cine y la música, es una herramienta con la que el autor de Las películas de mi vida levanta en Missing otra diégesis que suplanta a la “real”: algo que llamaríamos los Estados Unidos de Fuguet, un horizonte desolado en el que los lazos familiares se diluyen al paso de los años, y el destino de un emigrante se convierte en una sucesión de hoteles, fugas y pérdidas.

Missing sugiere así una opción para el modelo de la novela que falta en el panorama de la ficción actual en Hispanoamérica, dominado aquí y allá por la intrascendencia de juguetes librescos y best sellers históricos sin densidad: una estructura de elementos plurales y movedizos y, también, un estilo híbrido, expresivamente contemporáneo. ~

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Missing…. ¿missing?

por Alberto en Jul.31, 2011, bajo Apuntes, Libros, mis libros, notas de prensa/críticas, trivia

Esperando q salga mi articulo o post en Qué Pasa acerca de los fin de los blogs (lo que implica, supongo, el fin de este blog y…. no sé… ¿twitter? no creo… tumblr? ¿nada…?   ya se verá… mientras tanto, mientras www.cinepata.com crece y apuntes se achica, mientras Tránsitos avanza y MV se disipa o se fue x fin, este buenísimo artículo de Ignacio Echeverría en EL M acerca de Missing y lo fácil q es desaparecer  de los estantes de las librerías o simplemente no llegar….

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Fuguet desaparecido

Lejos de contribuir a una mejor circulación de los autores y libros que publican, los grandes sellos multinacionales tienden en muchos casos a entorpecerla.

por Ignacio Echeverria— El Mercurio


Leí semanas atrás Missing , de Alberto Fuguet. Lo leí con placer y admiración, pues se trata de un libro excelente. Discurre muy originalmente sobre asuntos importantes y candentes -la familia, la emigración, la desaparición-, y lo hace con inapelable solvencia. No es frecuente que un autor acierte de modo tan rotundo a adaptar el proyecto que lo ocupa a la medida de su talento, de sus propios recursos. Buena parte del encanto del libro consiste en la manera en que su propia forma se abre camino, imponiéndose de modo muy natural, pese a su complejidad.

Había oído hablar muy bien de Missing . Lectores de confianza me lo habían recomendado, y aguardé a que se distribuyera en España para hacerme con un ejemplar. Pero pasó más de un año sin que eso llegara a ocurrir. Si no me equivoco, el libro se publicó en Chile en noviembre de 2009 y la edición española es de abril de 2011. Fuguet ha tenido tiempo, entretanto, de publicar un nuevo libro: Aeropuertos (2010). De modo que cuando leí por fin Missing , quedaba lejos de ser una novedad, al menos en Chile. Sí lo era en España, donde llegó antecedido por una muy elogiosa tribuna de Mario Vargas Llosa, y adonde acudió el mismo Fuguet a promocionarlo. Pese a lo cual, Missing no ha sido saludado exactamente como una novedad, o no al menos por los más conspicuos suplementos literarios, que me da la impresión de que no le han prestado la atención que uno hubiera esperado.

No es ocioso especular sobre las razones de este “desfase”. Al parecer, ciertos problemas de Fuguet con la agencia literaria de Guillermo Schavelzon pudieron tener alguna incidencia en los planes de edición. Pero es más probable que la explicación resida en las a menudo indescifrables estrategias de los grandes sellos multinacionales del libro (Alfaguara, en este caso), que no siempre parecen actuar con criterios comprensibles.

Lejos de contribuir a una mejor circulación de los autores y libros que publican, los grandes sellos multinacionales tienden en muchos casos a entorpecerla. Las sucursales de cada país operan con criterios propios, muy cautos cuando se trata de importar autores de otros países de habla española. Se diría que falta a menudo una visión de conjunto, y una mayor coordinación de las apuestas respectivas, tanto más imperiosa en la medida en que la literatura latinoamericana, en su conjunto, está viviendo, de unos años a esta parte, una evidente revitalización de sus caudales, ya que no de sus cauces.

Hace tiempo que se viene denunciando cómo dichos sellos, a la hora de contratar los derechos de un libro, se reservan automáticamente su explotación en todo el ámbito de la lengua española, alentando la lógica expectativa de una mejor distribución. Pero es muy frecuente que esa distribución se limite al país en que el libro ha sido contratado, y éste quede en cierto modo bloqueado, impedida su publicación por otros sellos, en otro países.

No es el caso de Fuguet. Autor de ya larga trayectoria, y bien conocido fuera de Chile, uno pensaría que sus libros son de los que podrían aspirar a ser lanzados internacionalmente, al menos en principio. No es así, sin embargo. A España no han llegado ni la mitad de los que lleva publicados, y sospecho -no lo sé con certeza- que Missing es el primero en ser impreso en la península, después de haberlo sido en Santiago.

Como fuere, Fuguet -y ello justifica acaso la poca prisa de sus editores en publicarlo fuera de su propio país- pertenece a una promoción de escritores que se dieron a conocer antes de la relativamente reciente reactivación del interés en España por la narrativa latinoamericana, que empieza a hacerse perceptible en la última década, al unísono del boom que por sí solo generó Roberto Bolaño. Durante este tiempo, se ha hablado con insistencia de una nueva y, sobre todo, de una joven narrativa latinoamericana que, extrañamente, deja de lado a los autores que la precedieron. Es el caso, por lo que a Chile toca, de Rafael Gumucio o del mismo Fuguet (por no hablar de autores pertenecientes a más veteranos segmentos generacionales, como Roberto Brodsky), publicados ambos en España, pero comúnmente excluidos de los censos de esa nueva o joven narrativa latinoamericana de la que fueron adelantados y a la que se adscriben escritores a veces mayores que ellos.

Esto aparte, está la cuestión, también, del valor estratégico que, si quiere ver sus libros publicados en España, y que éstos sean bien atendidos, sigue teniendo para un autor latinoamericano residir allí. Por supuesto que ello no basta, ni mucho menos (como saben muchos, quizá demasiados escritores que pululan por la península sin beneficio, casi sin oficio), para asegurar ninguna posición de privilegio. Pero lo cierto es que, por mucho que se hable de la progresiva normalización del tráfico editorial entre los países de Latinoamérica, dicho tráfico sigue manteniendo una estructura radial, con centro en España, y el grado de presencialidad allí de un autor determina no poco los reflejos de los editores a la hora de publicarlo.

En cualquier caso, la fortuna que está conociendo en España una novela de la calidad de Missing es indicadora de muchas, todavía demasiadas anomalías en los circuitos editoriales y, por extensión (pero esta ya es otra historia), de los circuitos de la recepción y crítica de sus novedades.

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Empezar la gira campesina: Country Music on the road again

por Alberto en Jul.30, 2011, bajo Cine, Cine Chileno, Digital, actores, cinepata.com, mis películas, notas de prensa/críticas

Tal como lo dice La 3: partimos con MC, ahora hacia la recta final. La meta: el estreno local en la cadena Hoyts, en full HD (DCP) el 27 de octubre del 2011. Antes estaremos en Lima Film Fest (7 y 9 de agosto) y en el Latin Beat del Lincoln Center en NYC. También la cinta estará en sept en AFI Washington DC y en Hamburgo. Eso por ahora…

Ultimo filme de Fuguet llega al Lincoln Center de Nueva York y se estrena en Chile en octubre

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Música campesina fue rodada en seis días y es la historia de un chileno que viaja a Nashville, donde busca insertarse con dificultad.

por Gabriela García

En Música campesina, la película que Alberto Fuguet filmó en 2010 en Nashville y que llegará a la muestra Latin Beat, que se realiza en el Lincoln Center de Nueva York, los silencios son largos, fiel reflejo de la soledad que está devorando a su protagonista. Es un chileno sin rumbo que se ha ido a Estados Unidos, la tierra de su ídolo Johnny Cash, donde fue abandonado por su novia gringa. “My name is Alejandro Tazo, como el té”, repite el personaje que interpreta el actor Pablo Cerda cada vez que se presenta. Tazo es el nombre de la marca de té de la cadena de cafés norteamericana Starbucks y fue en uno de esos locales, en una servilleta, que Fuguet comenzó a escribir el guión de la película, coproducida por la Universidad de Vanderbilt de Nashville.

La cinta se rodó en sólo seis días y costó 20 mil dólares. “Estoy haciendo películas de guerrillas, a modo de literatura, con personajes íntimos y a bajo costo”, dice el director, que padeció una suerte de cambio de switch cuando tuvo que cancelar la filmación de Perdido,en 2008, por falta de financiamiento. “Un día agarré mi cámara de fotos y por error cambié el modo a video. Descubrí que podía hacer todas las películas que quería sin endeudarme como me pasó con Se arrienda, que costó un millón de dólares”, explica Fuguet.

A lo vaquero

Música campesina es el tercer largometraje del escritor y habla del desarraigo y la incomunicación. Una de las escenas que refleja ese espíritu es cuando Tazo deambula afligido por un Nashville activo las 24 horas. Está cansado de hablar y pensar en inglés el 80% el tiempo, de sentirse un extranjero incluso en una taquería mexicana, donde, si bien hablan su mismo idioma, tampoco se produce una conexión. Como no hay vaqueros con quienes compartir la botella de Jack Daniel’s que guarda en un hotel de carretera, se sienta frente a una camarera gringa y en español le confiesa su tragedia amorosa. Ella asiente por cortesía, pero no entiende nada. “Cuando estás lejos, hasta la canción más kitsch te golpea la memoria. Incluso les ocurre a los que asocian la canción nacional con Pinochet. La escuchan en un partido de fútbol y se ponen a llorar”, dice Fuguet.

La película también reflexiona sobre los estereotipos que los latinos y los estadounidenses tienen mutuamente. “De un lado y de otro, éstos se caen a pedazos”, explica Fuguet. Y revela que la cinta se filmó frenéticamente: con rodajes de 15 horas diarias y con una cámara digital Panasonic (Lumix gh1) diminuta, que pasaba inadvertida entre la gente.

El protagonista de Música campesina también pasa inadvertido en la tierra del self service. De hospedaje en hospedaje, tendrá que hacerse a sí mismo como plomero, aseador de baños de hotel y hasta como limpiador de piscinas. “Este no es el típico emigrante. No es el exiliado político ni el que pasa hambre en los bordes de Estados Unidos. Tazo es un tipo burgués, que cruzó el charco en avión como otros los hacen por vacaciones o por razones académicas. Cualquiera sea el caso, ninguna emigración es la panacea. El clasismo es universal y si no eres parte de la elite siempre vas a ser extranjero”, dice Fuguet, sobre la cinta que tuvo su premier en el festival de cine argentino Bafici este año.

Antes de exhibirse en Nueva York el 19, 21 y 22 de agosto (allí el cineasta y escritor ya había presentado su filme Se arrienda, en 2005), Música campesina tendrá una parada en el Festival de Cine de Lima, el 7 y 9 de agosto. Posteriormente, desembarcará en las pantallas chilenas, primero en el marco del Festival de Cine de Valdivia, que comienza el 11 de octubre. Y luego, el 27 del mismo mes, en las salas de Cine Hoyts. “Se va a ver en calidad 2D, como se vio El origen, de Cristopher Nolan”, se entusiasma Fuguet, sobre la segunda parte de la trilogía que comenzó con Velódromo, la historia de un diseñador que recorre la ciudad en bicicleta.

“Perderse en la urbe es una forma de hacer patria”, apunta el director que en esta oportunidad se extravió en Nashville. “La nacionalidad es un invento, en mi patria imaginaria están Los Prisioneros, La Pérgola de las Flores, la dictadura de Pinochet ySábado gigante, pero también íconos americanos co-mo Hemingway o Robert Frank. Estados Unidos es un set en el que me siento cómodo, porque veo cuentos de Carver en cada esquina”, dice quien se crió allá viendo películas como La ley de la calle, de Francis Ford Coppola, de la que Fuguet está realizando un ensayo fílmico llamado Locaciones: en busca de Rusty James. Paralelamente, ya prepara su próximo largometraje: Sudor, el que rodará en julio de 2012 en la selva de Iquitos, en Perú. Nuevamente protagonizada por Pablo Cerda, esta película seguirá hablando de sobrevivencia y hombres en crisis.

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